Por qué el mundo ignora a Casandra

La realidad es nuestro problema y también nuestra respuesta. Porque, como siempre, la respuesta al problema no reside en escapar de él —simplemente no hay adónde ir—, sino en afrontarlo.

— Peter Kingsley, Realidad (2024)

Gil-Manuel Hernàndez i Martí

La herida de Casandra
E
s cierto —y conviene afirmarlo con claridad desde el principio— que la forma en que está estructurado el capitalismo como modo de civilización global, y no solo como sistema de producción, condiciona profundamente nuestra capacidad para percibir y comprender el colapso civilizatorio en curso. Esta dificultad se acentúa especialmente cuando habitamos en el centro del sistema, un centro que, para sostenerse como tal, ha tenido que provocar de manera recurrente colapsos parciales o locales en las periferias salvajes, atrasadas o subdesarrolladas —las antiguas colonias—, hoy nuevamente saqueadas y abandonadas a su suerte.

El capitalismo tardío ha logrado convertirse en una maquinaria integral de control simbólico, afectivo y existencial: la Megamáquina de la que habla Fabian Scheidler (2024), que penetra, transforma y regula todas las dimensiones de la vida. Como bien sabemos, no se limita a explotar trabajo o recursos: produce subjetividades, moldea formas de sentir, filtra las emociones colectivas y diseña los marcos de lo decible y lo imaginable. Se ha convertido en una estructura ontológica que impone qué se puede percibir, qué se puede decir y sobre todo qué se puede creer.

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